Identidad

Después de reflexionar, de hablar con amigos, después de tratarlo en terapia, y de sentir profundamente la necesidad de expresarme, decidí escribir este post.

Mi nombre es Luciana Andrea Palmisciano, me dicen que nací el 15 de Agosto a la 1:30 AM en una casa de una partera llamada María Luisa Zarina de Justo en la calle Pedro Morán (barrio de Villa Pueyrredòn).

Esta señora, vivió siempre de hacer abortos y vender bebés. Lleva en esta “profesión” más de 40 años y está vinculada a la entrega de bebés de desaparecidas. Sólo una vez fue acusada de este delito pero en su lugar se inculpó su esposo Rafael Justo. Por lo cual, María Luisa jamás pago ni un minuto, ante la ley, lo que le ha dado de comer a ella y al Sr. Justo durante su vida.

Mi historia, es una mas de las que ella probablemente tenga en su cabeza, la única diferencia es que soy ahijada de su sobrina, Silvia Justo. Pero para mi, mi historia es tan única como la de muchos, y es especial porque me forma. Todos nosotros, somos uno solo viviendo lo mismo. Lo único que nos separa son las particularidades de la gestación, del nacimiento y de la posterior crianza. Pero la sensación interna es la misma y nos une, de una forma inexplicable. Así como los lazos de sangre a veces saltan a la vista, hay un lazo increíble que nos une a los adoptados. Las sensaciones de desencuentro, las necesidades, los miedos, todo eso nos hace hermanos.

Nací para ser vendida a los que siempre consideraré como padres: María Cristina y Alberto. Ellos no podían tener hijos y cuando supieron de mi mamá biológica, tuvieron la certeza de que ese bebé, era para ellos.

Vivir sabiendo que algo era “raro” y no poder hablar de ello, siempre fue un tabú tortuoso que solo décadas después, fui capaz de verbalizar. Me tomó años de idas y venidas, de distancia, de necesidad y finalmente optar por saber lo poco o mucho que sé.

No quiero hacer un post egocéntrico, quiero que esto que les cuento sirva. No quiero que mi relato quede atrás y se pierda, quiero que los que me leen se inspiren y comprendan que los tabúes familiares, los secretos, y las mentiras solo llevan al sufrimiento de los que hoy están indefensos, tus hijos, mis hijos.

Ellos saben que algo no está bien, y la incertidumbre es más dolorosa que la verdad escondida con intención.

Los que hoy estamos callando para salvaguardar un “lío”, una discusión, quizás unas semanas de terapia, o un problemón, finalmente se enquista y se convierte en algo mucho peor.

Hablar a cerca de temas complicados, con nuestros hijos puede que no sea difícil y debamos lidiar con culpas, con fantasmas e incluso generar conflictos con la sociedad que nos rodea.

Lo cierto, creámoslo o no, es que la honestidad y la sinceridad, se agradece con el tiempo.

“Cuentas claras conservan la amistad” dicen; en mi caso, hacer las cuentas me tomó 29 años, 5 años, de distancia de mi país, de mi familia y un año de terapia.

Así y todo, tengo pendientes, pero las cuentas las hice. Y sé que me fue mucho mejor que a muchos de los que considero pares.

Creo que la idea de este texto, es la de ejemplifica con mi experiencia la importancia del diálogo en una familia.

Creo que, finalmente, esto mismo VALE LA PENA.

Luciana Palmisciano – Septiembre 22, 2008

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