De la noche

En las noches como hoy, me levanto y miro a mi alrededor y no entiendo donde estoy. Son noches memorables, hace mucho calor y solo se escucha el sonido vacío del silencio. Buenos Aires tiene olores que la diferencian del resto de las ciudades donde he vivido, donde he pasado alguno de mis días. Pero me levanto, huelo Buenos Aires y así en mi vestidito negro que uso cuando estoy en casa salgo, tropezándome conmigo, con las imágenes de aquella pesadilla que vivo, que viví que creo que me acosa de vez en cuando.

Sigo pensando en el pasado, en todos los pasados, los verdaderos, los que imagino, los que me definieron en Villa Pueyrredón y los que me ayudaron en Norcross. Así como me despierto, descalza, transpirada, con mi pelo en una cola y nada más que dos llaves que logré manotear en el apuro.

Bajo las escaleras del apartamento y me miro en el enorme espejo de la recepción del edificio. Una parte mía se pregunta si me perdí, si hay algo de locura en este escape súbito, otra parte me dice que me calme, que camine y me fume un pucho, de esos que olvidé arriba en mi cartera y que no toco hace casi 3 meses.

Entonces, me decido y salgo a caminar así como estoy, sin miedos. Sabiendo que la vida es lo que es, que lo que nos pasa nos pasará…no matter what.

Tan pronto bajo, me doy con una ola de calor que me abraza y me convence de que lo mejor es estar descalza, despojada de lo innecesario. Y camino, al principio sin rumbo, y luego hacia el parque más cercano. Estoy sola, parece que el mundo entero desapareció que no hay nadie más que yo. Y me alegro.

Así, en esta soledad casi soñada, es que pienso en mi huída, en el porqué necesité salir de ahí y de todos los otros lados donde estuve estos últimos 15 años. Ya son quince años de huir y no sé de que…

Casi sin darme cuenta, llegué al parque, mis pies se mojaron con el rocío frío y eso alivió el calor, camino sin rumbo, el parque es enorme… Hace un tiempo que lo frecuento…hay una oscuridad mórbida que asustaría a casi todas las mujeres que conozco, mucho más en la actualidad, pero a mi me calma saber que no hay nada ni nadie alrededor, que nada pierdo con estar allí más que el espacio para reflexionar.

He estado escapando a la prisión, a sentirme encerrada, y no lo puedo evitar.

Corro, corro y no llego a ningún lado más que al sonido de unos jóvenes divirtiéndose…y finalmente, me doy cuenta que estoy en camisón en medio de una plaza, descalza. Faltan 4 horas para que empiece mi rutina diaria. No tengo tiempo para estas cosas…la vida continúa.

Luciana Palmisciano – Marzo 28, 2009.

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